Hellboy una cuestión de adaptación
por Pablo Valentín
Resulta inevitable, cuando hablamos de arte, emitir sólo juicios parciales. Es como si fuera imposible no ceder al deseo de pertenecer a esa facción privilegiada de aquellos que fueron tocados por la musa. Así mismo es imposible no mirar las cosas de la pandemia para adelante; y es que no hay manera de entender la forma en cómo aprendimos a mirar el mundo, sin aquel periodo de encierro en que —por ocio— nos volvimos expertos de ocasión en uno y otro tema, pero siempre sin llegar a comprometernos en las distintas disciplinas que, sin darnos cuenta, nos conforman como individuos de este animal social llamado vida. La perorata anterior pasaría por innecesaria sin hablamos de una cinta de terror, pero ¿qué experiencia es más humana que el miedo?
En septiembre de este año se estrenó, tras una sombra de secreto y un casi inexistente aparato de difusión, la tercera adaptación de un clásico ajeno de los cómics: Hellboy, con el subtítulo de The crooked man. Bajo la dirección de Bryan Taylor y con la venia del creador del personaje, Mike Mignola, el filme nació con el estigma del fracaso, producto de la más absurda de las justificaciones, la comparación con la “trilogía” nunca conclusa del maravilloso, pero en este caso muy libre, casi hasta el grado de la fan-fiction: Guillermo del Toro. Con pocos meses de distancia entre el estreno y el teaser, los fanáticos se dedicaron a destrozar los escasos tres minutos de adelanto, acusando a la cinta de tener pésima calidad, malos efectos y maquillaje, no sin dejar claro que las actuaciones eran deplorables. Tres minutos. Tan sólo tres minutos le bastaron a la vorágine de expertos para crucificar el trabajo más íntimo y comprometido que Hellboy ha tenido desde su aparición en las viñetas en el siglo anterior, 1994 para ser exactos.
Curioso también resulta cómo se ha movido el noveno arte en los dominios del séptimo, siendo casi de dominio público lo que está bien y lo que no. No obstante, en una época donde la plasticidad de lo “moderno” se presenta como la única realidad posible, sólo nos queda enfrentar esa mentira con la honestidad creativa. Hemos visto Hellboy, The crooked man, y aunque diremos no pocas cosas sobre ella, comencemos por asegurar que esta es una película hecha con el corazón. Retomando un metraje moderado, una iluminación ajena a las normas estéticas de lo que el espectador acostumbra, este cómic audiovisual nos lleva hasta los míticos Apalaches para conocer una historia de brujas y demonios, pero sobre todo de fe. Tom Farrell, un típico trotamundos norteamericano, coincide con el detective paranormal creado por Mike Mignola para las viñetas, y una agente de escritorio del BPRD (Buro de Rescate y Defensa de lo Paranormal), para adentrarse todos en una travesía de poco más de una hora en donde además de recibir una receta para hacer “bolas de bruja”, nos darán una lección de cómo ser fiel a lo que uno quiere y no ceder a la presión mediática de los mal llamados “fans”. Con una trama sencilla pero no lineal, esta es una película de la vieja escuela —muy vieja escuela— donde lo que subyace en la trama es justamente lo que se busca explorar: lo extraño, la tradición brujeril de la América rural, el mundo sin Internet ni medios masivos de comunicación, la leyenda de montaña… Fría, y con un protagonista que no depende de los efectos especiales, este nuevo Hellboy rescata la esencia ácida del personaje sin dejar de lado su aspecto de criatura de Frankenstein en busca de su propia identidad y melancolía. The crooked man puede parecer una película no hecha para los gustos “exquisitos” de la era digital, pero sí un filme hecho para quienes estén cansados de las súper producciones, los romances innecesarios entre personajes, el apego a actores del pasado, y lo más importante: la idolatría hamburgesoide al cine basado en cómics, porque los cómics son más que súper héroes y explosiones. Esta cinta es fiel a su demiurgo, siendo en verdad una pieza de rescate y reserva de lo paranormal, con escenas calcadas a fidelidad del arco publicado en 2008, con la pluma de Mignola y los trazos de Richard Corben. Ni de horror, ni de acción, como por ignorancia se le ha catalogado, Hellboy, The crooked man es un ejemplar vivo de ese género cada vez más subterráneo, el de aventuras sobrenaturales, al mero estilo del Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, o rescatando la esencia del cine pulp en los albores de la gran pantalla, donde todo era imaginación y maquillaje, y no un falso deseo de ir más allá de lo que imaginario pero real.

Un mes después de su paso por el cine, Hellboy, The crooked man se adaptará a narrar sus aventuras para un público menos hostil: el del streaming. Ese público que aún no han salido de su casa o que quizá prefieren mantenerse a salvo de la opulencia de las salas abarrotadas. Quizás, estas películas que no fueron hechas para llamar la atención nos devolverán a la intimidad del sofá, al silencio de lo colectivo que era ver una mala película de los ochenta en el canal cinco, esa nostalgia donde ocurría —sin el mass media— la bendición de la sorpresa.





















